jueves, 27 de noviembre de 2014

Editorial: meras ideas

Los antagonismos están considerados popularmente como polos opuestos, que se diferencian sustancialmente y chocan por la inercia de sus ideas y formas de entender la realidad.
No hay uno, sin otro. No son distintos, difieren sus métodos.
 Y en algún punto es cierto, pero lejos de la diferenciación, hay una cuestión importante que no se tiene generalmente en cuenta: esos polos no son del todo opuestos, porque si existen es para un fin, y ese fin es el mismo para ambos.
 Del mismo modo, también es correcto si consideramos que esta especie de rivalidad entre bandos cuenta con un objetivo claro: lograr que el otro no exista. De la forma más paradójica de la que se es posible, esto encierra otro juego: el deseo que lleva a querer la inexistencia del otro, es uno de los impulsos que le dan razón de existir.
 Comienza a observarse que son opuestos solo en los métodos, en los medios para alcanzar su fin. El antagonismo entonces es el transitar que se adopta desde distintas posturas, lo que genera simpatías y empatías en las personas, dependiendo las herramientas que se denotan en esos bandos.
 ¿Cómo entonces se busca pelearle al otro y derrotarlo? Consiguiendo el poder. El poder legítimo, que prime siempre ante todos. Pero hay varias formas con las que se puede actuar para conseguirlo. Puede ser un poder económico, ideológico, social, bélico. Puede incluso ser un poder mediático. En todos los casos es la búsqueda de la capacidad absoluta de dominar al otro, haciéndolo desaparecer o tan solo sumirlo a la dependencia.

 Los antagonismos a lo largo de la historia han ido formando facetas muy distintas. Desde las más conflictivas hasta las más efímeras. En parte, el orgullo propio y el ego han sido fundamentales en este juego de bandos, que se entienden el uno al otro como aquello que lo desafía desde un lugar muy distinto, desde lo opuesto, considerándose, al fin, al enfrentado como “eso de lo que no se quiere ser”.

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