Los antagonismos están
considerados popularmente como polos opuestos, que se diferencian
sustancialmente y chocan por la inercia de sus ideas y formas de entender la
realidad.
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| No hay uno, sin otro. No son distintos, difieren sus métodos. |
Del mismo modo, también es correcto si
consideramos que esta especie de rivalidad entre bandos cuenta con un objetivo
claro: lograr que el otro no exista. De la forma más paradójica de la que se es
posible, esto encierra otro juego: el deseo que lleva a querer la inexistencia
del otro, es uno de los impulsos que le dan razón de existir.
Comienza a observarse que son opuestos solo en
los métodos, en los medios para alcanzar su fin. El antagonismo entonces es el
transitar que se adopta desde distintas posturas, lo que genera simpatías y
empatías en las personas, dependiendo las herramientas que se denotan en esos
bandos.
¿Cómo entonces se busca pelearle al otro y
derrotarlo? Consiguiendo el poder. El poder legítimo, que prime siempre ante
todos. Pero hay varias formas con las que se puede actuar para conseguirlo.
Puede ser un poder económico, ideológico, social, bélico. Puede incluso ser un
poder mediático. En todos los casos es la búsqueda de la capacidad absoluta de
dominar al otro, haciéndolo desaparecer o tan solo sumirlo a la dependencia.
Los antagonismos a lo largo de la historia han
ido formando facetas muy distintas. Desde las más conflictivas hasta las más
efímeras. En parte, el orgullo propio y el ego han sido fundamentales en este
juego de bandos, que se entienden el uno al otro como aquello que lo desafía
desde un lugar muy distinto, desde lo opuesto, considerándose, al fin, al
enfrentado como “eso de lo que no se quiere ser”.

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