Capítulo 1: el complot
Juan
Manuel se sentía cansado. Agotado más precisamente. Desparramado en su sillón,
sentía el desgaste mental por sobre el físico. Después de años de combatir
problemas, al fin se terminaba, al menos, uno de los más grandes. Durante esa
tarde Arana se reuniría con Lepredour para terminar con el bloqueo. Finalmente,
para Juan, la Confederación podría gozar de tiempos de paz.
Se levantó de su sillón, se cambió rápidamente
y salió de su estancia rumbo a la ciudad. Se necesitaba de él allí.
- No
me esperes hasta tarde, Manuelita – le dijo a su hija –. Este día será muy
largo, aunque beneficioso.
En
ese instante, en uno de los edificios más polémicos de Buenos Aires, el Salón
Literario, se reunía un grupo de intelectuales. Pero no solo allí se
encontraban hombres de excelsa escritura y palabra como Esteban Echeverría,
Juan Bautista Alberdi o Domingo Sarmiento, sino que también ese día fueron
invitados algunas figuras militares. Bartolomé Mitre, y el General Aquino eran
parte de la reunión.
-
Es
preciso ser rápidos, la delegación del Norte está por irse, y es mi única
salida de incógnito – explicó Echeverría, supuestamente exiliado en el viejo
Mundo.
-
Yo
propongo intentar publicar los cuentos y ensayos, sería una forma de sembrar
dudas entre el federalismo – sugirió Alberdi.
-
En
absoluto, no servirá de nada – concluye Sarmiento –. Nada sino una revolución
armada puede terminar con esta dictadura. Para eso los llamamos – dice señalando
a Mitre y Aquino.
-
No
tenemos fuerzas para oponernos, es un suicidio rebelarse y usted lo sabe –
comenta Mitre, con pesar.
-
Esto
es una partida de ajedrez, Doctor, y para ganar hace falta mover piezas. Aunque
algunas veces se pueden cambiar esas piezas. Todos ustedes saben que al señor
Justo siempre le gustó el dinero, y si ese dinero es sucio, mejor para él. –
explica Sarmiento – Entonces ¿Qué pasaría si el señor Justo, capitán general de
las fuerzas de la Confederación termina rompiendo con el gobierno dictatorial?
Pensadlo, señores.
El
señor Justo siempre contrabandeó mercadería a través de su provincia, en la que
Rosas, debiendo respetar el Pacto Federal, no podía intervenir. Se creía que
Juan Manuel conocía este negociado del gobernador de Entre Ríos, pero ante
tantos conflictos internacionales, decidió no actuar al respecto hasta la
semana anterior, cuando se supo que el bloqueo por parte de Francia llegaría a
su fin, y aunque en conflicto con Brasil, Don Juan Manuel ultimó a Urquiza a
cesar en el contrabando, imposibilitándole la inserción de la mercadería en
Buenos Aires.
Este hecho fue fundamental. Sarmiento, Mitre y
en menor medida el resto de los intelectuales, ya tenían su estrategia. El plan
consistía en terminar con el gobierno federal de Rosas, y para ello debían
contar con las fuerzas de Urquiza. Pero para ocultar el verdadero fin del plan,
encontraron el conflicto de la Banda Oriental como un perfecto telón que
ocultaba el verdadero escenario de acción.
Urquiza, furioso con el gobernador de Buenos
Aires luego de reunirse días antes, intentó regresar a su provincia, y luego
subir hasta donde se encontraban sus fuerzas, pero se topó con una delegación
de unos pocos hombres, todos armados, con aspecto de estar apurados. Obligaron
al carruaje de Don Justo José a desviarse del camino hacía un cercano bosque,
que a pocos metros sus tupidos árboles ocultaban de cualquier vista a la
improvisada reunión.
-
¿Qué
es lo que sucede y quiénes han de ser ustedes? – bramó Don Justo José fuera de
los cabales. La reunión con Rosas le había quitado toda su tranquilidad.
El
primer hombre en bajar del pequeño carro era alto, esbelto y llevaba un
sobretodo negro con una capucha enorme que ocultaba su rostro. En un costado de
su cinturón militar, se podía distinguir su gigante espada que sólo los más
importantes militares podían poseer.
Al acercarse a Urquiza, y tal vez para tranquilizarlo,
se quita la capucha tranquilamente dejando ver su rostro, demacrado y con
bigotes negros, muy prominentes, y las patillas hasta la comisura de los labios. No era
otro que Sarmiento, quien saludó con un gesto e invitó a Urquiza a volver a su
carruaje. No tuvieron mayor diálogo hasta encontrarse cara a cara.
-
¿Me
vienen a pedir traicionar a Rosas? – contestó incrédulo Urquiza –.
-
Tal
vez usted lo crea una traición. Nosotros consideramos que el proceso Rosista ha
acabado. Se agotó, y debe seguir un gobierno con rasgos parecidos, y usted es
el indicado. Y para ello contará con el imperio del Brasil como aliado quien
asegurará económicamente la revolución. Y aportará hombres de ser necesario.
-
¿Y
cómo cree que se lo tomará Rosas a esto? – el General Urquiza seguía dubitativo
con el asunto, lo que Sarmiento entendió rápidamente.
-
Rosas
no será el objetivo, al menos públicamente. El objetivo será la alianza con
Brasil para poner un manto de paz en la Banda Oriental. Sabemos que Rosas
colaborará con Uribe, y allí él declarará la guerra a los aliados. Será
cuestión de dejarlo entrar en la trampa – prosiguió Sarmiento.
En
ese momento un vasallo de Domingo Faustino golpea la puerta del carro, y entra
luego de recibir la orden, cargando un grueso cofre. Al dejarlo, abrió su tapa
dejando ver una cantidad de oro deseosa para cualquiera. Los ojos de Urquiza
parecían iluminados de otra forma. Su debilidad siempre ha sido la riqueza.
-
Tendrá
mucho más que esto si hay una guerra entre Brasil y Argentina – destacó Domingo
–. Pero tendrá que apurarse en la decisión. Los Brasileros esperan, no son
pacientes en absoluto.
Capítulo 2: la traición
La forma física no era la mejor. Ya no era el
hombre atlético y fuerte que lustros atrás batalló ante las duras fuerzas del
General Paz o de Lavalle. Rosas estaba grande, y tras arduos años de manejo
administrativo de la provincia, su aspecto había cambiado. La barriga era más
prominente, los brazos menos musculosos, la cara demacrada, y el pecho siempre
agitado cuando cabalgaba.
Aún así, sabía que su ciclo iba terminando. Su
peor momento fue cuando le avisaron que Urquiza, tiempo después de su discusión
con él, tomó las fuerzas argentinas de Oribe e impuso orden en la Banda
Oriental. El negociado que Entre Ríos había logrado a través de los años con el
sitio de Montevideo era para Don Justo José algo más importante que la patria.
Luego de este acontecimiento, ya en 1851 el
fin se acercaba. Mientras las figuras de Mitre, Sarmiento y Alberdi permanecían
ocultas, era Urquiza quien ponía el pecho. El 13 de febrero de aquel año Don
Justo José reasume la soberanía de su provincia, se pronuncia a favor del imperio
del Brasil y asume como General en Jefe del Ejército Grande. Para Rosas, no
había vuelta atrás.
Sin embargo no actuó tan rápido como debió. Al
igual que Dorrego cuando Juan Manuel le advirtió del plan para derrocarlo, en
el año 28, esta vez fue él quien no creyó que eso fuera posible. Las
advertencias de sus capataces y la posibilidad de poner fin a Urquiza antes de
consolidar su ejército se esfumaron con la pasividad del gobernador. Tal vez el
cansancio, o quizás el agotamiento de su proceso, que se notaba era inminente, hicieron
que el conflicto no terminara ahí.
Sin embargo Rosas, aunque tarde, comenzó a
prepararse para enfrentar al entrerriano.
-
Comience
a agrupar todas las fuerzas de las que dispongamos – ordenó Rosas a sus
caudillos – y trate de reunir todas las milicias que fueran posible.
-
Tenemos
actualmente once mil hombres de la caballería, y otros siete mil soldados.
Podemos reunir al menos cuatro mil hombres de las milicias – calculó el
teniente Ramírez, su ayudante más preciado.
-
Entonces
hágalo, y pronto, que del General Urquiza no se puede esperar otra cosa que la
traición por la espalda y en el momento menos pensado – concluyó Rosas.
Capítulo 3: desertores
Meses
de preparación, Echeverría ya había dejado sus textos a la orden de ser
publicados luego de la guerra. Lo mismo Alberdi. Mitre por su parte comenzó un
plan político para asumir en Buenos Aires el poder. Todo entre oscuridad, por
supuesto. Sarmiento, tal vez, fue quien mas riesgos tomó, para ponerse al
frente del cambio.
Durante todo ese año, las alianzas entre el
partido Rojo del Uruguay, el imperio del Brasil y las provincias de Entre Ríos
y Corrientes se sucedieron con el fin de mantener la paz, aunque con la clara
intención de atacar a Rosas si este declaraba la guerra. Los pactos, en su interior,
poseían un cierto aroma londinense, aquel que históricamente se había sentido
en el Rio de La Plata.
Luego de pasar las fiestas de fin de año en
campaña, Rosas entendía que ya no estaba para batallar como antes. Ante el
peligro de las 25 mil tropas de Urquiza, el gobernador de Buenos Aires no había
logrado reunir más de 20 mil. Solo un hecho extraordinario podía aumentar sus
posibilidades. Un hecho que sucedería semanas antes del momento culmine.
-
General,
ha habido noticias al norte – informa Ramírez.
-
¿Qué
ha sucedido, teniente? – se interesó Rosas.
-
Las
tropas de Aquino, el desertor, se han rebelado a su favor, General, y han
asesinado a Aquino y sus oficiales – concluyó Ramírez hablando entrecortado.
La
sensación de Rosas no fue de gran emoción, aunque sí de felicidad por la
lealtad de los hombres que siempre le habían sido fieles al federalismo. Su
mayor exalto fue cuando, en su propia campaña, apareció Chilavert con sus
tropas. Al verlo acercarse, Rosas fue a su encuentro, escoltado por soldados
que estaban dispuestos a atacar al unitario.
-
Chilavert,
¿Usted a buscar conflictos? Porque no tienen la menor posibilidad.
-
General,
vengo con mis hombres a prestarle servicios. Aún siendo usted Federal,
contrario a mis ideales, entiendo que esta es una guerra ante el enemigo mutuo,
el Brasil, y el traidor Urquiza. Sé que a pesar de nuestras diferencias, hoy
debo estar de su lado. Venimos todos a unirnos a usted – explicó con fervor el
General Chilavert, hombre unitario por excelencia, pero patriota ante todo.
-
Será
usted y sus hombres bienvenidos – respondió atónito Don Juan Manuel, con la
alegría que no se le había notado por años.
Y
es que a poco de la batalla, Rosas lograba reunir casi 24 mil hombres, y sus
esperanzas eran mayores.
Capítulo 4: La batalla
Caseros.
Por un lado el Ejercito Grande, por el otro las fuerzas Rosistas. Desde una
punta del descampado, Urquiza lucía impasible, deseoso, apurado. Por el otro
lado, Rosas estaba a punto de detonar de ira. La furia que sentía al ver como
rival a quien era su mejor general le enceguecía.
A la orden del Gobernador, sus tropas
comenzaron a avanzar. La caballería por los costados, los arqueros en la
retaguardia y las tropas a la vanguardia. El momento de tensión finaliza en la
corrida por el descampado, cuando uno se acerca a lo que sabe que será el
final.
Mientras
Urquiza y sus oficiales no tenían una estrategia fundada, y cada uno atacó por
su lado, Rosas mantuvo sus líneas siempre acorde a sus maneras de enfrentarse
al enemigo. Pero esta vez, Rosas quiso revancha de la traición. Fue con su
caballo disparado hacia el centro del campo de batalla, haciendo a un lado a
los soldados que no podían creerlo. Rosas avanzaba primero.
La
motivación a sus tropas fue otra. El General al frente, el líder indica el
camino. El enemigo era más poderoso y mayor en números, pero al ver a Rosas
yendo a buscar su trofeo, todos se envalentonaron. La caballería se enfrentó
por izquierda a las tropas de Urquiza, los soldados chocaron con los soldados
brasileros, y por derecha, los antiguos soldados de Uribe atacaban a las
fuerzas comandadas por Chilavert y Jerónimo Costa.
El
choque fue desparejo. Unitarios y Federales estuvieron mezclados en ambos
bandos. Tal vez los unitarios más acérrimos eran aquellos que no estuvieron en
batalla, y los grandes federales de la época se enfrentaban entre sí. No era
una guerra civil, era una guerra entre Argentina y Brasil. Pero el unitarismo
porteño entregó al enemigo la solución para el triunfo.
Mientras
el grupo de Urquiza lograba replegar a la caballería Rosista, los gigantes
oscuros del Brasil se imponían en el centro de batalla. Don Juan Manuel, herido
en su orgullo, luchaba para hacerse paso. Quería llegar a Urquiza, y nadie
parecía poder pararlo. Sin embargo, la brecha era gigante, y Urquiza cada vez
se veía más lejano. Aún así, Juan Manuel como un toro jamás se resignó.
Jamás,
hasta que un balazo en una mano le imposibilitó seguir. Cayó de su cabello,
lejos de su espada, y cuando parecía el final, un joven se sitió delante de él,
soportando el ataque de un brasilero robusto y bárbaro. Le dio tiempo a Rosas a
levantarse, tomar su espada con su mano menos hábil y ayudar al joven que le
salvó la vida.
Luego
de ello, Costa, Lagos y otros oficiales le imploraron que se repliegue y vuelva
a Buenos Aires. Rosas no tuvo otra opción que aceptarlo. Lo ayudaron a montar
nuevamente su caballo para que partiera rumbo a la Capital.
-
Volvamos
General, no hay razón para seguir peleando. La batalla está perdida – le dijo
Costa.
-
La
única batalla es la que se pierde, Jerónimo, amigo mío – contestó Rosas, que
del cansancio y el dolor estaba casi desmayado.
-
Podremos
reagruparnos si salimos ahora, Juan – le dijo de corazón Costa, más como amigo
que como colega, aunque sabía que no podrían reagruparse y que el Ejército
Grande había ganado claramente la batalla.
Los
oficiales ordenaron la retirada, llevaron a Rosas entre los caballos de los
oficiales. Pero algunas tropas seguían batallando. Al menos dos mil hombres
estaban librando batalla ante los ex Oribistas. Su valentía estaba comandada
por la fiereza de su Coronel, Martiniano Chilavert, quien no se rendiría jamás.
Chilavert furioso volvió con sus pocos hombres
a la carpa, donde pensaba reagruparse y volver a atacar hasta el final. No le
importaba otra cosa que morir en batalla. Pero como muestra de valentía y
coraje, el propio Urquiza apareció en la entrada, con algunos de sus hombres,
para hacer entrar en razón al ex unitario.
-
Hombre,
sea prudente, la batalla ha terminado, le doy permiso para volver a sus tierras
– dijo Urquiza.
-
¿Permiso?
No necesito permiso de un traidor como usted – contestó Chilavert, escupiendo
al piso.
-
No
ganará nada insultándome. Solo hice lo que debía. Gobernaré para el bien de
toda la Confederación – se atrevió a decir Don Justo José, quien exacerbó así a
toda la carpa.
-
Usted
es un traidor hijo de puta, que se atrevió a pasarse al bando del enemigo y
combatir contra su patria. No tiene perdón de Dios – bramó Martiniano Chilavert
tomando su espada.
En
ese momento los soldados de Urquiza se adelantaron y empezaron a atacar a los
hombres de Chilavert, quien les respondió con todas sus fuerzas. Duró poco y
solo tuvo unas pocas bajas Don Justo. Pero quien quedaba en pie aún era
Chilavert, al grito de “no hay perdón para los hijos de putas traidores a la
patria”.
Urquiza salió de la carpa y dio la orden de
ejecutar al Coronel, y por la espalda, como símbolo de traidor. Pero con sus
fuerzas y a los puños, se deshizo de sus escoltas, golpeó a uno en el rostro, tirándolo
al suelo, y cayó tras una paralítica de un tercer soldado. Fue su final, aunque
de él nadie se olvidaría, incluso los hombres del Ejército Grande.
Capítulo 5: el viaje
Rosas
llegó al Hueco de los Sauces, cansino, con hambre, lejos de su bravura. Allí
redactó su renuncia.
-
“Creo
haber llenado mi deber con mis conciudadanos y compañeros. Si más no hemos
hecho en el sostén de nuestra independencia, nuestra identidad, y de nuestro
honor, es porque más no hemos podido” – fueron las palabras escritas por Don
Juan Manuel, quien no deseaba otra cosa que volver con su querida Manuelita.
Manuelita
lo esperaba en la estancia. Al llegar, su abrazó pareció eterno. El cansancio
de Don Juan Manuel era evidente, y le dolía en el alma no haber logrado vencer
en batalla. Guardó sus pertenencias y las de su hija, sin olvidarse los
recuerdos de su amada Encarnación.
El cónsul británico Robert Gore lo escoltó y
protegió hasta el barco que lo llevaría a su destino final del que nunca
volvería. Rosas llevó consigo, además de todas las pertenencias que pudo, una tercera
copia de todas las medidas que dispuso en sus largos años de administración en
la provincia. Lúcido aún Juan, sabía cómo sería considerado para la posteridad
su gobierno, y tomó los recaudos necesarios.
Partió en el barco con Manuelita, hacia
Londres, y desde allí a Southampton donde viviría sus últimos años. El fin del
Federalismo murió con su partida, y los unitarios, con el disfraz del gobierno
federal y del liberalismo traído por Alberdi, triunfaron definitivamente.
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