jueves, 27 de noviembre de 2014

Caseros: el fin de un antagonismo

Capítulo 1: el complot


Juan Manuel se sentía cansado. Agotado más precisamente. Desparramado en su sillón, sentía el desgaste mental por sobre el físico. Después de años de combatir problemas, al fin se terminaba, al menos, uno de los más grandes. Durante esa tarde Arana se reuniría con Lepredour para terminar con el bloqueo. Finalmente, para Juan, la Confederación podría gozar de tiempos de paz.
 Se levantó de su sillón, se cambió rápidamente y salió de su estancia rumbo a la ciudad. Se necesitaba de él allí.
-         No me esperes hasta tarde, Manuelita – le dijo a su hija –. Este día será muy largo, aunque beneficioso.
En ese instante, en uno de los edificios más polémicos de Buenos Aires, el Salón Literario, se reunía un grupo de intelectuales. Pero no solo allí se encontraban hombres de excelsa escritura y palabra como Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi o Domingo Sarmiento, sino que también ese día fueron invitados algunas figuras militares. Bartolomé Mitre, y el General Aquino eran parte de la reunión.
-          Es preciso ser rápidos, la delegación del Norte está por irse, y es mi única salida de incógnito – explicó Echeverría, supuestamente exiliado en el viejo Mundo.
-          Yo propongo intentar publicar los cuentos y ensayos, sería una forma de sembrar dudas entre el federalismo – sugirió Alberdi.
-          En absoluto, no servirá de nada – concluye Sarmiento –. Nada sino una revolución armada puede terminar con esta dictadura. Para eso los llamamos – dice señalando a Mitre y Aquino.
-          No tenemos fuerzas para oponernos, es un suicidio rebelarse y usted lo sabe – comenta Mitre, con pesar.
-          Esto es una partida de ajedrez, Doctor, y para ganar hace falta mover piezas. Aunque algunas veces se pueden cambiar esas piezas. Todos ustedes saben que al señor Justo siempre le gustó el dinero, y si ese dinero es sucio, mejor para él. – explica Sarmiento – Entonces ¿Qué pasaría si el señor Justo, capitán general de las fuerzas de la Confederación termina rompiendo con el gobierno dictatorial? Pensadlo, señores.
-          Tenemos algún contacto en el imperio del Brasil. Podemos sumar adeptos, y la victoria del imperio en alianza con Urquiza asegurará a éste como próximo gobernador – sostiene Aquino, quien a pesar de no ser de los más lúcidos, aportó al plan una idea brillante.
El señor Justo siempre contrabandeó mercadería a través de su provincia, en la que Rosas, debiendo respetar el Pacto Federal, no podía intervenir. Se creía que Juan Manuel conocía este negociado del gobernador de Entre Ríos, pero ante tantos conflictos internacionales, decidió no actuar al respecto hasta la semana anterior, cuando se supo que el bloqueo por parte de Francia llegaría a su fin, y aunque en conflicto con Brasil, Don Juan Manuel ultimó a Urquiza a cesar en el contrabando, imposibilitándole la inserción de la mercadería en Buenos Aires.
 Este hecho fue fundamental. Sarmiento, Mitre y en menor medida el resto de los intelectuales, ya tenían su estrategia. El plan consistía en terminar con el gobierno federal de Rosas, y para ello debían contar con las fuerzas de Urquiza. Pero para ocultar el verdadero fin del plan, encontraron el conflicto de la Banda Oriental como un perfecto telón que ocultaba el verdadero escenario de acción.
 Urquiza, furioso con el gobernador de Buenos Aires luego de reunirse días antes, intentó regresar a su provincia, y luego subir hasta donde se encontraban sus fuerzas, pero se topó con una delegación de unos pocos hombres, todos armados, con aspecto de estar apurados. Obligaron al carruaje de Don Justo José a desviarse del camino hacía un cercano bosque, que a pocos metros sus tupidos árboles ocultaban de cualquier vista a la improvisada reunión.
-          ¿Qué es lo que sucede y quiénes han de ser ustedes? – bramó Don Justo José fuera de los cabales. La reunión con Rosas le había quitado toda su tranquilidad.
El primer hombre en bajar del pequeño carro era alto, esbelto y llevaba un sobretodo negro con una capucha enorme que ocultaba su rostro. En un costado de su cinturón militar, se podía distinguir su gigante espada que sólo los más importantes militares podían poseer.
 Al acercarse a Urquiza, y tal vez para tranquilizarlo, se quita la capucha tranquilamente dejando ver su rostro, demacrado y con bigotes negros, muy prominentes, y las patillas hasta la comisura de los labios. No era otro que Sarmiento, quien saludó con un gesto e invitó a Urquiza a volver a su carruaje. No tuvieron mayor diálogo hasta encontrarse cara a cara.
-          Conocemos su inquietud, General – comenzó Sarmiento – y tenemos para usted una propuesta. Sabemos que el conflicto de bandos ya es cosa del pasado y queremos que la Confederación vuelva a ser de todos, con nosotros participando, y usted al mando.
-          ¿Me vienen a pedir traicionar a Rosas? – contestó incrédulo Urquiza –.
-          Tal vez usted lo crea una traición. Nosotros consideramos que el proceso Rosista ha acabado. Se agotó, y debe seguir un gobierno con rasgos parecidos, y usted es el indicado. Y para ello contará con el imperio del Brasil como aliado quien asegurará económicamente la revolución. Y aportará hombres de ser necesario.
-          ¿Y cómo cree que se lo tomará Rosas a esto? – el General Urquiza seguía dubitativo con el asunto, lo que Sarmiento entendió rápidamente.
-          Rosas no será el objetivo, al menos públicamente. El objetivo será la alianza con Brasil para poner un manto de paz en la Banda Oriental. Sabemos que Rosas colaborará con Uribe, y allí él declarará la guerra a los aliados. Será cuestión de dejarlo entrar en la trampa – prosiguió Sarmiento.
En ese momento un vasallo de Domingo Faustino golpea la puerta del carro, y entra luego de recibir la orden, cargando un grueso cofre. Al dejarlo, abrió su tapa dejando ver una cantidad de oro deseosa para cualquiera. Los ojos de Urquiza parecían iluminados de otra forma. Su debilidad siempre ha sido la riqueza.
-          Tendrá mucho más que esto si hay una guerra entre Brasil y Argentina – destacó Domingo –. Pero tendrá que apurarse en la decisión. Los Brasileros esperan, no son pacientes en absoluto.


Capítulo 2: la traición

La forma física no era la mejor. Ya no era el hombre atlético y fuerte que lustros atrás batalló ante las duras fuerzas del General Paz o de Lavalle. Rosas estaba grande, y tras arduos años de manejo administrativo de la provincia, su aspecto había cambiado. La barriga era más prominente, los brazos menos musculosos, la cara demacrada, y el pecho siempre agitado cuando cabalgaba.
 Aún así, sabía que su ciclo iba terminando. Su peor momento fue cuando le avisaron que Urquiza, tiempo después de su discusión con él, tomó las fuerzas argentinas de Oribe e impuso orden en la Banda Oriental. El negociado que Entre Ríos había logrado a través de los años con el sitio de Montevideo era para Don Justo José algo más importante que la patria.
 Luego de este acontecimiento, ya en 1851 el fin se acercaba. Mientras las figuras de Mitre, Sarmiento y Alberdi permanecían ocultas, era Urquiza quien ponía el pecho. El 13 de febrero de aquel año Don Justo José reasume la soberanía de su provincia, se pronuncia a favor del imperio del Brasil y asume como General en Jefe del Ejército Grande. Para Rosas, no había vuelta atrás.
 Sin embargo no actuó tan rápido como debió. Al igual que Dorrego cuando Juan Manuel le advirtió del plan para derrocarlo, en el año 28, esta vez fue él quien no creyó que eso fuera posible. Las advertencias de sus capataces y la posibilidad de poner fin a Urquiza antes de consolidar su ejército se esfumaron con la pasividad del gobernador. Tal vez el cansancio, o quizás el agotamiento de su proceso, que se notaba era inminente, hicieron que el conflicto no terminara ahí.
 Sin embargo Rosas, aunque tarde, comenzó a prepararse para enfrentar al entrerriano.
-          Comience a agrupar todas las fuerzas de las que dispongamos – ordenó Rosas a sus caudillos – y trate de reunir todas las milicias que fueran posible.
-          Tenemos actualmente once mil hombres de la caballería, y otros siete mil soldados. Podemos reunir al menos cuatro mil hombres de las milicias – calculó el teniente Ramírez, su ayudante más preciado.
-          Entonces hágalo, y pronto, que del General Urquiza no se puede esperar otra cosa que la traición por la espalda y en el momento menos pensado – concluyó Rosas.


Capítulo 3: desertores


Meses de preparación, Echeverría ya había dejado sus textos a la orden de ser publicados luego de la guerra. Lo mismo Alberdi. Mitre por su parte comenzó un plan político para asumir en Buenos Aires el poder. Todo entre oscuridad, por supuesto. Sarmiento, tal vez, fue quien mas riesgos tomó, para ponerse al frente del cambio.
 Durante todo ese año, las alianzas entre el partido Rojo del Uruguay, el imperio del Brasil y las provincias de Entre Ríos y Corrientes se sucedieron con el fin de mantener la paz, aunque con la clara intención de atacar a Rosas si este declaraba la guerra. Los pactos, en su interior, poseían un cierto aroma londinense, aquel que históricamente se había sentido en el Rio de La Plata.
 Luego de pasar las fiestas de fin de año en campaña, Rosas entendía que ya no estaba para batallar como antes. Ante el peligro de las 25 mil tropas de Urquiza, el gobernador de Buenos Aires no había logrado reunir más de 20 mil. Solo un hecho extraordinario podía aumentar sus posibilidades. Un hecho que sucedería semanas antes del momento culmine.
-          General, ha habido noticias al norte – informa Ramírez.
-          ¿Qué ha sucedido, teniente? – se interesó Rosas.
-          Las tropas de Aquino, el desertor, se han rebelado a su favor, General, y han asesinado a Aquino y sus oficiales – concluyó Ramírez hablando entrecortado.
La sensación de Rosas no fue de gran emoción, aunque sí de felicidad por la lealtad de los hombres que siempre le habían sido fieles al federalismo. Su mayor exalto fue cuando, en su propia campaña, apareció Chilavert con sus tropas. Al verlo acercarse, Rosas fue a su encuentro, escoltado por soldados que estaban dispuestos a atacar al unitario.
-          Chilavert, ¿Usted a buscar conflictos? Porque no tienen la menor posibilidad.
-          General, vengo con mis hombres a prestarle servicios. Aún siendo usted Federal, contrario a mis ideales, entiendo que esta es una guerra ante el enemigo mutuo, el Brasil, y el traidor Urquiza. Sé que a pesar de nuestras diferencias, hoy debo estar de su lado. Venimos todos a unirnos a usted – explicó con fervor el General Chilavert, hombre unitario por excelencia, pero patriota ante todo.
-          Será usted y sus hombres bienvenidos – respondió atónito Don Juan Manuel, con la alegría que no se le había notado por años.
Y es que a poco de la batalla, Rosas lograba reunir casi 24 mil hombres, y sus esperanzas eran mayores.


Capítulo 4: La batalla


Caseros. Por un lado el Ejercito Grande, por el otro las fuerzas Rosistas. Desde una punta del descampado, Urquiza lucía impasible, deseoso, apurado. Por el otro lado, Rosas estaba a punto de detonar de ira. La furia que sentía al ver como rival a quien era su mejor general le enceguecía.
 A la orden del Gobernador, sus tropas comenzaron a avanzar. La caballería por los costados, los arqueros en la retaguardia y las tropas a la vanguardia. El momento de tensión finaliza en la corrida por el descampado, cuando uno se acerca a lo que sabe que será el final.
Mientras Urquiza y sus oficiales no tenían una estrategia fundada, y cada uno atacó por su lado, Rosas mantuvo sus líneas siempre acorde a sus maneras de enfrentarse al enemigo. Pero esta vez, Rosas quiso revancha de la traición. Fue con su caballo disparado hacia el centro del campo de batalla, haciendo a un lado a los soldados que no podían creerlo. Rosas avanzaba primero.
La motivación a sus tropas fue otra. El General al frente, el líder indica el camino. El enemigo era más poderoso y mayor en números, pero al ver a Rosas yendo a buscar su trofeo, todos se envalentonaron. La caballería se enfrentó por izquierda a las tropas de Urquiza, los soldados chocaron con los soldados brasileros, y por derecha, los antiguos soldados de Uribe atacaban a las fuerzas comandadas por Chilavert y Jerónimo Costa.
El choque fue desparejo. Unitarios y Federales estuvieron mezclados en ambos bandos. Tal vez los unitarios más acérrimos eran aquellos que no estuvieron en batalla, y los grandes federales de la época se enfrentaban entre sí. No era una guerra civil, era una guerra entre Argentina y Brasil. Pero el unitarismo porteño entregó al enemigo la solución para el triunfo.
Mientras el grupo de Urquiza lograba replegar a la caballería Rosista, los gigantes oscuros del Brasil se imponían en el centro de batalla. Don Juan Manuel, herido en su orgullo, luchaba para hacerse paso. Quería llegar a Urquiza, y nadie parecía poder pararlo. Sin embargo, la brecha era gigante, y Urquiza cada vez se veía más lejano. Aún así, Juan Manuel como un toro jamás se resignó.
Jamás, hasta que un balazo en una mano le imposibilitó seguir. Cayó de su cabello, lejos de su espada, y cuando parecía el final, un joven se sitió delante de él, soportando el ataque de un brasilero robusto y bárbaro. Le dio tiempo a Rosas a levantarse, tomar su espada con su mano menos hábil y ayudar al joven que le salvó la vida.
Luego de ello, Costa, Lagos y otros oficiales le imploraron que se repliegue y vuelva a Buenos Aires. Rosas no tuvo otra opción que aceptarlo. Lo ayudaron a montar nuevamente su caballo para que partiera rumbo a la Capital.
-          Volvamos General, no hay razón para seguir peleando. La batalla está perdida – le dijo Costa.
-          La única batalla es la que se pierde, Jerónimo, amigo mío – contestó Rosas, que del cansancio y el dolor estaba casi desmayado.
-          Podremos reagruparnos si salimos ahora, Juan – le dijo de corazón Costa, más como amigo que como colega, aunque sabía que no podrían reagruparse y que el Ejército Grande había ganado claramente la batalla.
Los oficiales ordenaron la retirada, llevaron a Rosas entre los caballos de los oficiales. Pero algunas tropas seguían batallando. Al menos dos mil hombres estaban librando batalla ante los ex Oribistas. Su valentía estaba comandada por la fiereza de su Coronel, Martiniano Chilavert, quien no se rendiría jamás.
 Chilavert furioso volvió con sus pocos hombres a la carpa, donde pensaba reagruparse y volver a atacar hasta el final. No le importaba otra cosa que morir en batalla. Pero como muestra de valentía y coraje, el propio Urquiza apareció en la entrada, con algunos de sus hombres, para hacer entrar en razón al ex unitario.
-          Hombre, sea prudente, la batalla ha terminado, le doy permiso para volver a sus tierras – dijo Urquiza.
-          ¿Permiso? No necesito permiso de un traidor como usted – contestó Chilavert, escupiendo al piso.
-          No ganará nada insultándome. Solo hice lo que debía. Gobernaré para el bien de toda la Confederación – se atrevió a decir Don Justo José, quien exacerbó así a toda la carpa.
-          Usted es un traidor hijo de puta, que se atrevió a pasarse al bando del enemigo y combatir contra su patria. No tiene perdón de Dios – bramó Martiniano Chilavert tomando su espada.
En ese momento los soldados de Urquiza se adelantaron y empezaron a atacar a los hombres de Chilavert, quien les respondió con todas sus fuerzas. Duró poco y solo tuvo unas pocas bajas Don Justo. Pero quien quedaba en pie aún era Chilavert, al grito de “no hay perdón para los hijos de putas traidores a la patria”.
 Urquiza salió de la carpa y dio la orden de ejecutar al Coronel, y por la espalda, como símbolo de traidor. Pero con sus fuerzas y a los puños, se deshizo de sus escoltas, golpeó a uno en el rostro, tirándolo al suelo, y cayó tras una paralítica de un tercer soldado. Fue su final, aunque de él nadie se olvidaría, incluso los hombres del Ejército Grande.


Capítulo 5: el viaje


 Rosas llegó al Hueco de los Sauces, cansino, con hambre, lejos de su bravura. Allí redactó su renuncia.
-          “Creo haber llenado mi deber con mis conciudadanos y compañeros. Si más no hemos hecho en el sostén de nuestra independencia, nuestra identidad, y de nuestro honor, es porque más no hemos podido” – fueron las palabras escritas por Don Juan Manuel, quien no deseaba otra cosa que volver con su querida Manuelita.
Manuelita lo esperaba en la estancia. Al llegar, su abrazó pareció eterno. El cansancio de Don Juan Manuel era evidente, y le dolía en el alma no haber logrado vencer en batalla. Guardó sus pertenencias y las de su hija, sin olvidarse los recuerdos de su amada Encarnación.
 El cónsul británico Robert Gore lo escoltó y protegió hasta el barco que lo llevaría a su destino final del que nunca volvería. Rosas llevó consigo, además de todas las pertenencias que pudo, una tercera copia de todas las medidas que dispuso en sus largos años de administración en la provincia. Lúcido aún Juan, sabía cómo sería considerado para la posteridad su gobierno, y tomó los recaudos necesarios.

 Partió en el barco con Manuelita, hacia Londres, y desde allí a Southampton donde viviría sus últimos años. El fin del Federalismo murió con su partida, y los unitarios, con el disfraz del gobierno federal y del liberalismo traído por Alberdi, triunfaron definitivamente.

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